#HistoriasINB Conoce a Diego Álvarez

Yo llegué a INB con un diagnóstico de un meningioma operado. Quedé con una pequeña secuela, con una hemiparesia derecha. Fue una cirugía compleja que hice en Santiago y después me vine a Valparaíso, porque mi hogar está acá.

Tuve controles con la neuróloga, la doctora Vivianne Loyola, y ella me derivó a INB porque me dijo que era como lo mejor y lo más especializado que teníamos en Viña del Mar. Y así fue como llegué al centro. 

La verdad es que fueron unos héroes, me rescataron un poco, porque, básicamente, yo estaba en un hoyo, entre una depresión posterior al procedimiento y porque, básicamente, me dificultaba todo en mi vida diaria. 

Pasé de ser una persona joven de 33 años que hacía todo de forma autónoma, a depender de mucha gente, de mi familia y de mis cercanos. El día a día, al principio lo odié, por un tema mío, pero el personal del INB fue un sol.

A Javiera, que fue mi kine, le debo todo. Fue duro, muy duro, pero el equipo lo hace muy agradable. Trinidad, con la terapeuta ocupacional también, fuimos avanzando como muy de a poco, y de un momento a otro, como que todo mejoró. 

Fue un proceso arduo, o sea, de enero hasta abril, en que nos veíamos por lo menos dos a tres veces a la semana. Ese lugarcito se sentía un poquito como un hogar más.

“Todo fue un desafío, todo fue un desafío. El tener que partir de cero fue, creo, lo más difícil. Tener que volver a escribir, a tomar una cuchara, el poder mantener el equilibrio”.

Diego Álvarez, usuario INB

Todo fue un desafío, todo fue un desafío. El tener que partir de cero fue, creo, lo más difícil. Tener que volver a escribir, a tomar una cuchara, el poder mantener el equilibrio. Son profesionales muy humanos y también tienen intervenciones muy atingentes a cada uno. 

No siempre me hacían los mismos ejercicios, siempre me los cambiaban, llegaba otra sesión, era otra rutina, cosa que me pasó en un principio que no había llegado con este equipo de rehabilitación, que yo llegaba a hacer, básicamente, una rutina de ejercicio y chao pa’ la casa. Aquí vieron un poquito más allá y vieron mis necesidades. Y, finalmente, eso es lo que me hizo salir adelante, básicamente. 

Tengo 33 años, soy enfermero, trabajo coordinando medicina del hospital Gustavo Fricke. Tengo dos gatos y una perrita. Y mi familia fue la que ayudó y aportó a que esto se lograra, y fue la que me llevaba día a día a la a las terapias, a la rehabilitación”.

 

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